El Chisme - Número 288
Por Chimentero
Esta es la historia de Ratón Blanco, un Saqueador. Ratón tenía su refugio entre los escombros de un viejo edificio. Allí, junto a su banda de Saqueadores, armaron una especie de cueva, que los protege del Polvo, de la Lluvia Negra, y de algún zombie deambulador que se levante por la noche. Ya que, como sabemos, los Pendes de la Corporación Zombie, no trabajan por la noche. Bueno, nadie sale por la noche.
Ratón se recluye en su cueva con las últimas luces del día, y vuelve a salir hacia el mediodía, que es cuando la temperatura ya se hace soportable, y el viento norte barre la ciudad del Polvo Gris.
Su yurno consiste en andar entre los escombros, meterse en casas y edificios a la caza de alguna Lata. El único alimento que queda en la Ciudad, son las Latas, así que ese es el objetivo principal en las búsquedas de cualquier Saqueador. No sólo para comer, sino porque pueden trocarla por alguna otra cosa en cualquier convoy de la Cofradía de la Lata.
Objetivos menores son cualquier tipo de máquina o pedazo de máquina que puedan encontrar, ya que las pueden trocar en el Monasterio de los Hermanos de la Máquina.
Un día, Ratón Blanco salió a cumplir con su yurno y se dio cuenta de que sería un día especial. Como la mayoría de los Ciudadanos, casi nunca miraba al cielo, ya que no sólo no había nada interesante para ver en las nubes grises, sino que corría riesgo de que se le metiese algo de Polvo en los ojos, y nunca había saqueado lo suficiente como para trocarles alguna máscara de gas o un par de anteojos a los Hermanos.
Pero ese día sí miró, y por primera vez en sus 18 años de vida, vio un Parche Azul. Que si bien muchos creen que no son más que cuentos, este chimentero puede atestiguar que es mucha la gente que los ha visto, si bien no tengo la suerte de haberlo presenciado en persona.
El segundo hecho que destacó en el día de Ratón Blanco fue cuando hurgaba entre unos escombros prometedores. Tenían algo de musgo cubriéndolos, señal de que nadie los había tocado en mucho tiempo. Mientras hurgaba, sintió que sus pies ya no tenían sostén, y cayó sin control, pegando contra salientes de hierro y concreto. La caída fue larga, y más dura la llegada al fondo.
Las quemaduras de radiación que se había ganado en la Estepa, cuando fue expulsado de su anterior banda de saqueadores lo protegieron contra el dolor, ya que sus piernas y brazos estaban totalmente insensibilizados. Pero la vista puede alarmar casi tanto como el dolor, al ver una de sus piernas doblada de una forma imposible. Sin embargo, todavía no manaba sangre, sin duda, gracias a las innumerables capas de telas que cubrían el cuerpo de Ratón Blanco.
Esperó un rato a que los ojos se acostumbrasen a la poca luz que había allí abajo, y comenzó a explorar, arrastrando su ahora inútil pierna izquierda. Lo primero que encontró, al tacto, antes que a la vista, fue un esqueleto totalmente descarnado. Luego vio que había otros tantos: dos adultos y cuatro niños. Parecían estar abrazados. Alguna especie de orgía, pensó Ratón Blanco.
De pronto, recordó lo que le había contado el Capo de su anterior banda, un viejo de unos 30 años. El sueño de todo Saqueador era dar con un Refugio Nuclear, que según se contaba, era donde se escondió la gente cuando se enteraron del Primer Colapso, porque creían que estarían protegidos de la Lluvia Negra. Le contó que en esos Refugios se escondían en grupos, con muchas Latas y otras cosas útiles, como tal vez… un arma de fuego. Todo eso, y más encontró Ratón Blanco.
Muy a duras penas, ya con la pierna izquierda entablillada y convertida en una mancha roja viva, Ratón Blanco logró llegar a la superficie. Se había fabricado una especie de muleta para ayudarse a caminar.
En el rostro llevaba una máscara de gas, y otras dos colgando de una mochila nueva. En la cintura llevaba una cartuchera con un revolver, y en los bolsillos de la campera seis cajas de municiones. La mochila estaba llena de latas, 24 en total. Y en la mano derecha llevaba lo que sabía era una radio, no tenía idea cómo funcionaba, o para qué servía, pero sí que los Hermanos la consideraban uno de los objetos más valiosos del mundo.
Ratón Blanco se creyó el hombre más rico de la Ciudad, en ese momento. Caminó, lentamente, hacia el Monasterio, ya que había decidido ir a trocar allá la radio, y lo demás se lo quedaría, para poder fundar una banda y ser el hombre más poderoso de la Ciudad.
En ese camino fue que se encontró con este humilde chimentero, y me contó su historia. Quería salir en El Chisme, y volverse famoso. Justo cuando me iba a hablar de sus tiempos en la Estepa, vimos a un Estepario parado sobre los restos de un colectivo, recortado contra el cielo gris.
Ratón Blanco, rápido como buen saqueador, me hizo a un lado al tiempo que soltaba la muleta, y buscaba su nuevo revolver. Cuando su dedo sintió la firmeza del gatillo, su ojo sentía la agudeza de una flecha de hueso.
Este chimentero no tuvo más que tristeza al ver a ese pobre Saqueador con la cabeza atravesada por una flecha gruesa como dos dedos. El Estepario bajó tranquilo del colectivo derruido, y se acercó al Saqueador sin despegarme los ojos de encima. Primero recuperó su flecha de hueso. La limpió en la campera de Ratón Blanco, y la guardó en su carcaj. Acto seguido saqueó al Saqueador.
Por mi inactividad, me obsequió una máscara de gas. Todo esto sin emitir palabra. Este chimentero, sin embargo, tenía muchas palabras que emitir, y allí mismo me senté en una roca a escribir en mi libreta, mientras el Estepario se alejaba, y el Saqueador se desangraba.
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